Al parecer, este asunto del chocolate es más famoso de lo que parece.
Todos cantan y bailan a su son, caliente y negro, dulce y blanco.
Nos cambió la vida su ritmo frenético, sus ecos edulcorados de sonidos embrionarios paridos a partes iguales.
Algunos les echan chile, otros menta. Yo me zampo cien gramos de una sentada, sentada, almidonada pero no empecinada en atocinarme.
- Es que se trata de un momento especial, sin parangón.
- Ya claro, y mis chistes son inaudibles, por eso es por lo que no te ríes.
- ¿Reírse? ¿De choco-choco?
- ¡Bah! ¡Yo qué sé! Ésta, como otras de nuestras armonizaciones carece de perspectiva, es plana como una lima de uñas.
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